Del consumo simbólico al capitalismo de frontera: por qué el verdadero cambio empieza en el deseo.
Este fenómeno no es accidental. Es el resultado de un modelo que encontró en el consumo simbólico una fuente de rentabilidad extraordinaria. Ya no importa tanto qué se produce, sino qué emoción se comercializa: pertenencia, diferenciación, oposición, sentido. Así se consolidó lo que muchos describen como un “Disney ideológico”: un mundo donde la disidencia se compra, la conciencia se terceriza y la identidad se elige de un catálogo.
Sin embargo, algo empieza a tensarse. No por una revolución romántica ni por un colapso abrupto del sistema, sino por una pregunta más profunda y menos cómoda: ¿y si el problema no fuera el capital, sino el deseo de quienes lo dirigen?
El capitalismo, en su esencia, no tiene ideología. Funciona como un amplificador de incentivos. Produce aquello que resulta rentable. Si durante décadas lo más rentable fue vender símbolos vacíos a consumidores pasivos, el sistema simplemente siguió la señal. El error fue creer que ese rumbo era inevitable o, peor aún, deseable.
El cambio real no pasa por destruir el capital, sino por redirigirlo. Y eso implica una transformación en la mentalidad de quienes piensan, invierten y producen. Mientras el deseo dominante de empresarios e inversores siga orientado a la ganancia rápida a través del consumo superficial, el ciclo se repetirá: más espectáculo, más ruido, más simulacro. Pero si ese deseo evoluciona si comienza a buscar valor real en lugar de identidad empaquetada el sistema entero empieza a moverse en otra dirección.
Hoy se observan señales claras de ese desplazamiento. En los márgenes, lejos del centro cultural saturado, el capital comienza a enfocarse en problemas concretos. La inteligencia artificial deja de usarse solo para optimizar publicidad y empieza a acelerar diagnósticos médicos, descubrir tratamientos, optimizar infraestructuras críticas. La medicina avanza hacia modelos preventivos apoyados en biotecnología, sensores y equipos híbridos humano–máquina. La exploración espacial deja de ser un gesto simbólico para convertirse en una industria que genera innovaciones aplicables a la vida cotidiana, desde nuevos materiales hasta soluciones energéticas.
No se trata de altruismo. Se trata de frontera. Allí donde el marketing no alcanza, donde el símbolo no resuelve, donde la ideología no reemplaza a la ingeniería. Resolver problemas reales exige tiempo, conocimiento y riesgo, pero también genera valor que no puede falsificarse.
Este proceso no lo lidera el empresario promedio. Y probablemente no lo haga. La mayoría responde a los incentivos vigentes: vender ilusiones sigue siendo más fácil, rápido y rentable que educar, innovar o elevar el nivel de la conversación social. El sistema no está sostenido por maldad, sino por comodidad.
Históricamente, los cambios de paradigma no nacieron del centro, sino de minorías incómodas: emprendedores que se cansan del negocio fácil, inversores que ya no se conforman con repetir fórmulas, actores que ingresan desde la ciencia, la tecnología o la exploración. La llamada “destrucción creativa” no mejora lo existente: lo vuelve obsoleto.
Y tal vez ahí esté la clave. El “Disney ideológico” no va a desaparecer por denuncia ni por épica. Va a quedarse sin público. Cuando vender identidad deje de ser rentable porque las personas empiecen a demandar progreso real en lugar de pertenencia simbólica, el capital hará lo que siempre hace: adaptarse.
No hace falta convencer a todos. Basta con que emerja una nueva élite de deseo: personas dispuestas a usar su tiempo, su capital y su talento para construir, explorar y resolver, en lugar de reproducir consignas. Cuando eso ocurre, lo anterior no cae: envejece. Se vuelve irrelevante.
El futuro no se define entre capitalismo a favor o en contra. Se define entre un capitalismo de consumo vacío y un capitalismo de frontera. Entre seguir viviendo del espectáculo simbólico o apostar por la creación de valor que empuja los límites de lo posible.
En ese punto de inflexión, proyectos que piensan la tecnología, la creatividad y la innovación como herramientas para generar impacto real y no solo visibilidad empiezan a ocupar un lugar central. No como banderas ideológicas, sino como espacios donde el capital, el conocimiento y el tiempo se alinean para construir algo que valga la pena sostener.
Porque, al final, el verdadero cambio no ocurre cuando se grita más fuerte, sino cuando se decide mejor en qué se invierte el deseo.
Escrito por Sebastián Loreto
Digital Codeon
Digital Codeon trabaja en la construcción de identidad digital y posicionamiento estratégico para marcas en entornos de búsqueda e inteligencia artificial.

